La habitación azul

La semana pasada mi amiga Coro -ya os he hablado de ella, es matrona y nos está acompañando en todo este proceso- me regaló el libro La huella de Mikel. Historia de un duelo perinatal, que narra la conmovedora experiencia de Leyre, una matrona que perdió inesperadamente a su bebé de 38 semanas y 3 días. Dos viajes en tren y una tarde de sobremesa me bastaron para empaparme de la lectura y emocionarme con un relato que, por desgracia, tanto me identifica ahora mismo. Procesar ese chute tan autobiográfico me tuvo unos días inmersa en un estado de pesadumbre y quizá por eso no me sentí con demasiada energía para reencontrarme conmigo misma a través del blog. Pero aunque las ganas sean pocas, mi cabeciña no para y necesito expresar por escrito algunas ideas que viajan fugazmente por mi mente.

Las Huellas de Mikel, de Leire Ordax García.

Una de mis primeras preocupaciones después de que el niño falleciese era qué hacer con sus cosas. Si bien mi ginecóloga se apresuró en decirme que no regalase nada porque lo necesitaría en un futuro… tampoco es que pasase por mi cabeza el deshacerme de su enseres. Con buen criterio, las matronas nos aconsejaron que necesitábamos enfrentarnos al que es ahora mismo uno de los mayores fantasmas de nuestro niño. Nos dijeron que en muchos casos la familia intenta adelantarse a recoger la habitación del bebé para que la vuelta a casa de la pareja no sea tan dura, cayendo en un gran error. Entrar en su cuarto, tocar y oler sus cosas forma parte del largo proceso de duelo que es necesario recorrer para incorporarte a la nueva vida. Mi consejo: es importante actuar con las entrañas y hacer lo que a uno le apetezca, si quieres recoger sus cositas, recógelas y si prefieres llorar allí cada día, que nadie te diga que no puedes hacerlo. En mi caso recuerdo que ya en el hospital tenía especial preocupación por reencontrarme con el cuarto contiguo a nuestro dormitorio, aquel «proyecto» que mi marido y yo preparamos con tanta dedicación.

Nosotros mismos quisimos pintarlo porque nos hacía mucha ilusión y montamos las cunas que nos prestaron nuestros amigos en tardes de invierno que se han convertido ahora en los mejores momentos de nuestro embarazo feliz. Pero cuando el tsunamí sacudió nuestras vidas, la habitación era el mayor de mis problemas, así que en las primeras semanas de convalecencia en casa le dije a Miguel que necesitaba recogerlo todo. Volver a doblar y guardar desolada su ropita y el resto de cosas fue uno de los peores momentos de estos meses en casa, qué pena más grande. Los días después no fueron a mejor. La habitación azul quedó recogida pero no me sentía con fuerza para enfrentarme a ese vacío y cada vez que pasaba por allí cerraba la puerta. Miguel insistía en que lo mejor era actuar con normalidad dejando la puerta entreabierta después de entrar allí para limpiar de modo que se podía ver el color azul pastel de las paredes. Pero me moría de la pena al verlo y yo entornaba del todo la puerta. Así nos pasamos dos meses, intentando afrontar cada uno a su manera, un mismo duelo a golpe de puertas.

Pero no sé que pasó con Las huellas de Mikel que tras su lectura decidí que la puerta de mi bebé debía permanecer abierta para siempre. Paso por ella varias veces al día y aunque reconozco cierta congoja, puedo soportarlo. Este peregrinaje doméstico se ha convertido en un ejercicio más de esta resiliencia que es a veces aterradora y otras -muchas más- tan reveladora. Y en esas me encuentro… trabajando cada día por estar mejor, en una recuperación lenta y paulatina en la que me reconcilio cada medio minuto con la vida. Voluntad por mi parte, toda. Pero hay un punto que no depende de mí. Necesito tiempo.

Pronto nos volvemos a marchar en busca de luz, porque los días grises de invierno post-primaveral no están ayudando demasiado. El cambio de hora nos ha sentado bien, ahora solo necesito un poco de energía solar. Y hablando de energía… el domingo acabamos de forma casual en el planetario, sin darnos cuenta nos encontramos ante el firmamento estrellado de la proyección sobre la Vía Láctea e instintivamente nos cogimos de la mano en la oscuridad. Quizá porque ver aquel cielo nos hizo coger aire, y aunque sentimos que el corazón se aceleraba, pudimos estar mucho más cerca de nuestro niño. Como me pasa ahora en su habitación.

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2 thoughts on “La habitación azul

  1. Acabo de leer tu historia en El Diario. Totalmente identificada contigo. Mi bebé fayeció en la semana 39-2 y fui a urgencias porque llevaba todo el día sin sentir sus pataditas y lo que allí sucedió fue lo peor que pudimos imaginar. Tras el shock, el parto, la funeraria que no se quería hacer cargo, etc. Salí del hospital con la episiotomia reciente directa al tanatorio, para ver por última vez a mi pequeño. Al dia siguiente fuimos a por sus cenizas que las tengo en el salón sin saber muy bien si quiero que sigan ahí o hacer algo con ellas, pero no me atrevo. A la semana pasé a su habitación y nos pusimos a recoger entre lloros, nos íbamos al campo a pasear y relajarnos porque aun no quería cruzarme con gente. Me echaba la culpa por no haber ido antes a urgencias y fue lo más duro, sentía la necesidad de tener otro (tal vez mi mente y mi cuerpo buscaban aquello para lo que se había estado preparando durante 9 meses), pero no era el momento, solo era parte del duelo. Poco a poco fui buscando aficiones, juntándome con amigos, contando a la gente que preguntaba lo que había pasado cada vez con más fortaleza. A los 4 meses, estaba preparada física y mentalmente para ilusionarme de nuevo, aunque con mucho miedo. Y en el primer intento, quedé embarazada de nuevo, nuestra reacción fue entre alegria y miedo, no sabíamos si reir, llorar, tomarlo con cautela… Cómo íbamos a dar la noticia a la familia y amigos? se sentirían incómodos, sin saber qué decir? Ahora tiene 7 meses, un embarazo muy bueno, me adelantaron una semana el parto para evitar que le diese vueltas a la cabeza y que volviese a pasar. Ahora estoy contentísima, pero siempre recuerdo a mi primer pequeño. Hace poco me felicitaban por el día de la madre «felicidades, que ya eres mama!!» y solo retimba en mi cabeza, que el año anterior también lo era, aunque mi pequeño no estuviese conmigo. Ánimo y fuerza para seguir ilusionandote por la vida y nuevos proyectos.

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