15.000

Llevo bastante tiempo sin pasarme por aquí, y no es porque no tenga nada que compartir. Han pasado bastantes cosas -para bien- en las últimas semanas y he estado dedicada en cuerpo y alma al revuelo. Nuestra vida cambió en cuestión de días. Como estupendos alumnos que somos de quien nos da buenos consejos nos dejamos llevar y pusimos cero resistencia a lo que tuviera que pasar. En menos de una semana, Miguel cambió de trabajo, decidimos cambiar de casa y de ciudad, yo volví a mi empresa y a mis proyectos y cerramos uno de los capítulos más determinantes e importantes de nuestra vida. Y, de repente, sentí por unos segundos que me encontraba de nuevo en el inicio de esta historia. Cerrando la puerta de nuestro anhelo azul, de nuestra habitación de los sueños.

A mediados de mayo llegó el día en que debía salir de casa de verdad y enfrentarme a mi nueva vida. Me costó mucho pero decidí que volvería a trabajar en cuanto terminase la baja de maternidad sin bebé, reconozco que se me pasó por la cabeza preguntarle a mi médico si podría alargar un poco la baja ya que no me encontraba demasiado activa, pero mis amigos y mi familia me animaron a que regresase. No puedo describir cómo se siente una madre que regresa en mitad de un duelo como este a su trabajo. Tuve miedo a todo. A que me preguntasen por el niño -¿cómo no iba a hacerlo quien no se enteró de la noticia?-, a echarme a llorar en mitad de una reunión, a recibir miradas de compasión o a sentirme sola estando acompañada. Tuve miedo al miedo. Y me equivoqué de nuevo.

En el despacho de la Asociación de la Prensa de A Coruña (APC).

El teléfono no ha parado de sonar para cosas buenas. Compañeros que me abrazaron y no me han soltado todavía, las asociaciones de jóvenes empresarios y periodistas de Coruña en las que me siento en casa, clientes felices por mi vuelta o amigas con las que comparto proyectos que me llenan de la vida que el destino me quitó forman parte ahora de mi día a día. Estoy a tope de trabajo y a tope de ilusión. Y no me encontraría en este punto sin la gente que me quiere, que me he dado cuenta que es mucha. Mucha más de la que nunca imaginé. Tampoco estaría aquí un poco más ilusionada sin esa red que me sostiene y que se encuentra esparcida por el mundo con la que conecto a través de este blog. Quizá tenga que daros las gracias más de 15.000 veces, que es el número de visitas que hemos recibido. 15.000 veces que por lo menos habéis pensado en Miguelito. 15.000 latidos de vuestro corazón junto al nuestro.

Y a unas horas de cumplir los 35 sin saber muy bien qué celebrar, pienso en todos los que me acompañáis y se me estremece el corazón y os digo que sigo peleando por nuestras estrellas, por mi niño rubito al que echo tanto de menos y que me ha ayudado a comprender más la vida. Porque quizá sea cuestión de dejar reposar el dolor y de pasar otros 15.000 minutos más leyéndoos y sintiéndome un poco más acompañada. Un poco menos extraterrestre.

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