Seis meses

Han pasado seis meses ya desde que se fue. Qué relativo es el tiempo cuando no calibras la velocidad y sientes que la tierra gira y tú te quedas postrada, sin saber hacia dónde tirar. Si tengo que definir cómo ha sido este medio año no sabría muy bien qué decir. En ocasiones, siento haberme quedado anclada en el 24 de enero, el día que el destino me arrebató a mi hijo. La vida es como una ruleta de la fortuna que giro cada día sin saber qué deparará el siguiente. Y cuando sale el sol y me siento un poco mejor, tengo mucho miedo porque la montaña rusa en la que viajo tiene unas bajadas de caída libre de esas que te desmoronan por completo.

Nuestro pequeño nos acompaña por las noches.

En estos meses de standby he pasado por muchos estados anímicos, como cuento habitualmente he necesitado estar en casa sola para llorar, sin ver a nadie más que a mi marido. Pero al mismo tiempo, he desarrollado un miedo asfixiante a la soledad. Me he ido adaptando al ritmo de la vida poco a poco y la resiliencia -¡la «maldita» resiliencia!- que me ha capacitado para respirar en estos meses me ha enseñado que puedo renunciar a todo, a todo menos a mi hijo. Y muchas, muchísimas veces, me hago la gran pregunta que el tiempo me ha revelado que debía replantear pasando del ¿por qué a mí? al ¿por qué a él?.

Lo que estamos viviendo es muy jodido y en ocasiones parece que el dolor se agudiza, pero en cuanto puedo, me escapado de vacaciones mentales a un nihilismo existencial del que yo misma me sorprendo. En estos seis meses también he vuelto a reír, a carcajada limpia. Siento de una forma más intensa la alegría que me han regalado algunos momentos que no es que me hayan hecho ser más feliz, porque quizá es demasiado ambicioso hablar de felicidad, sino que me han permitido que pasen los días a esa velocidad tan relativa de la que os hablaba al principio. En estos 180 días Miguel y yo nos hemos querido todavía más. Y nuestra vida se ha ido acostumbrado a esto que nos ha tocado vivir. Hablamos de nuestro hijo sin pronunciar palabra y, en cualquier situación cotidiana, con solo mirarnos sabemos que los dos estamos pensando en él. Porque Miguelín no ha dejado de estar nunca entre nosotros y, por eso, siempre seremos tres. No os quiero engañar cuando os digo que en muchas ocasiones me cuesta encontrar consuelo para intentar que la digestión de todo esto sea más llevadera. La tristeza sale de las entrañas y canalizarlo es complicado. Pero, ¿sabéis qué? En estos 6 meses yo he aprendido mucho. Intento cada día ser más empática y entender al que tengo en frente porque como leí hace poco nadie sabe las batallas que libran en su interior las personas con las que te cruzas. Aprendí a aprovechar el tiempo y a quererme más. He desarrollado en estos meses en medio de todo el caos una paz interior que me calma cuando cierro los ojos y pienso en mi pequeño. Quizá este haya sido su legado, el de venir para marcharse y recordarnos a su padre y a mí que la vida se reinicia cada día. Por eso, intento ser mejor persona no solo con los que tengo a mi alrededor, sino también conmigo misma.

Postdata: Quizá me pase un poco menos por aquí, estoy trabajando en algo que compartiré con vosotros muy pronto. Pero siento que estáis haciendo el camino con nosotros y eso me da mucha fuerza para luchar.

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